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Parece que no te conoces a ti mismo, chico [Sobre «The Lighthouse» (2019) de Robert Eggers]

Hace poco terminé de leer «Azul casi transparente» de Ryu Murakami y «Agujero» de Hiroko Oyamada. Ryu incluía una serie de canciones en la novela. El paisaje sonoro que él hizo que existiera dentro de ella me llevó a comprenderla como una gran pieza musical redonda, más que una obra literaria en sí misma. Cuando estuve a la mitad de Azul casi transparente, imaginé que los libros podrían ser recordados como canciones, que el nombre de todas las canciones, son, en realidad, el rostro de alguien. Con The Lighthouse (2019) de Robert Eggers, los personajes dicen poco —o casi nada— mediometraje. En su lugar, lo único que tiene sitio son los sonidos de conjuntos vacíos. Si no existe una música en el film, ¿con qué única, y última imagen, será recordado? El uso del espacio y los conjuntos vacíos en The Lighthouse son incómodos. Cuando la vi por primera vez, esperé que ese formato cuadrado en el que era filmado, fuese sencillamente un prelude . Un ejercicio de cine de autor .  La miré, po...

Parece que no te conoces a ti mismo, chico [Sobre «The Lighthouse» (2019) de Robert Eggers]

Hace poco terminé de leer «Azul casi transparente» de Ryu Murakami y «Agujero» de Hiroko Oyamada. Ryu incluía una serie de canciones en la novela. El paisaje sonoro que él hizo que existiera dentro de ella me llevó a comprenderla como una gran pieza musical redonda, más que una obra literaria en sí misma. Cuando estuve a la mitad de Azul casi transparente, imaginé que los libros podrían ser recordados como canciones, que el nombre de todas las canciones, son, en realidad, el rostro de alguien. Con The Lighthouse (2019) de Robert Eggers, los personajes dicen poco —o casi nada— mediometraje. En su lugar, lo único que tiene sitio son los sonidos de conjuntos vacíos. Si no existe una música en el film, ¿con qué única, y última imagen, será recordado?

El uso del espacio y los conjuntos vacíos en The Lighthouse son incómodos. Cuando la vi por primera vez, esperé que ese formato cuadrado en el que era filmado, fuese sencillamente un prelude. Un ejercicio de cine de autor.
 La miré, por más de quince minutos esperando que en algún punto su formato cuadrangular cambiase; que fuese rectangular. Nunca pasó. Me incomodó esa manera de cómo todo era recortado, de cómo todo era estrecho. Y, claro, me convencí a los cuarenta minutos en que así sería todo el ritmo de la cinta. «¿Qué lente será? ¿Una simulación de celuloide de 35 mm? No creo; se verían un poco más las cosas en los angulares. Parece, como lo que sucedía cuando los directores hongkoneses filmaban con la técnica del bodycam. Sí, parece que la cinta fuese grabada como un narrador que ve detrás de una puerta. Como quien chismosea. Como si susurrara». Pero, la incomodidad no se debía solo al formato estrechado, sino, a esa insistencia del detalle de los sonidos. El paisaje sonoro era, en esencia, agrupaciones de conjuntos vacíos en off.

Winslow llega a una isla buscando ganar plata para hacerse una vida. Una vida que él sienta como únicamente suya. Debe cuidar un faro. Terminó en esa isla desierta porque leyó en el periódico que, mientras más lejos estuviese un faro, más plata se ganaría al año. Quien llevará el reporte de sus días de trabajo y tareas realizadas será Thomas Wake, un viejo marinero que ya no pertenece al mar, sino a las rocas, en un faro. Entonces, ¿si es marinero quien no está en el mar, y sí en las rocas de un faro? No importa, Thomas Wake se parece a Joseph-Etienne Roulin (1889), de Van Gogh. Olas que se rompen en las piedras, espumas llenas de sal, luz, luz, aves, aves. Un ave que Winslow estallará, violentamente, con sus manos, en el muro de un pozo. Matar las aves de mar es malo, le dice Thomas. Winslow nunca hizo caso. Es que te perseguirán los espíritus de los marineros que las habitan.

Entonces, sí, cuando el film avanza y Thomas habla sobre los espíritus de los marineros, esa incomodidad inmersiva que se extiende en los sonidos que rodean la cinta cinematográfica cobran un nuevo sentido.

Hablé sobre Ryu Murakami y su novela Azul casi transparente, pero no qué propósito hay entre la comparación de Agujero de Hiroko Oyamada y The Lighthouse (2019) de Eggers, teniendo una con la otra nada que ver en género y formato.

En la obra de Oyamada no hay menciones de piezas musicales como en Azul casi transparente, pero sí el sonido que solo pueden existir en los espacios de conjuntos vacíos: el sonido de cigarras. Aunque nunca se diga en qué espacio estacional sucede la obra, con precisión, y a qué condiciones está expuesto el cuerpo de Asahi —el personaje principal—, sabemos, por las cigarras, que se está en verano.

El espacio de conjunto vacío en Agujero son los pastizales, la habitación de Asahi, el sonido de las ramas que solo se escuchan cuando Asahi se cae en él; el agua de la manguera en el jardín de su suegra.

Los espacios de conjunto vacío en The Lighthouse son la espuma de sal que se escucha en la sala, las olas contra la pared de la habitación de Winslow, las ondas de las sirenas.

Los sonidos de este conjunto vacío son, en realidad, los que espían a Winslow. No es la cuadrangularidad del formato en que se filma la cinta, ni la presencia del personaje Thomas Wake quien persigue, mira o acorrala a Winslow; son los sonidos quien en realidad, actúan como un personaje. Es el paisaje sonoro lo que incomoda.

The Lighthouse no será recordada por una imagen o una canción, será recordada por la incomodidad material que se hace posible por un sonido de conjunto vacío.

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